jueves, 9 de abril de 2009

Pascuas

Olivier, un joven peregrino occidental a quien vamos a acompañar, llegó hasta el territorio de la Montaña Santa. Cruzó la frontera como si pasara al otro lado del espejo. Aquí no hay electricidad, es otro calendario (trece días menos de diferencia con respecto al del mundo), otra hora, es medianoche cuando el sol se pone, los desplazamientos se hacen a pie o en barco... Tras varias horas de marcha, nuestro peregrino llega a la puerta de un monasterio donde el Padre Ianis lo acoge con su barba gris, su skouffa (toca) y su amplio manto monástico negro; este monje parece salir del fondo de los tiempos. Con la inquietud propia del peregrino espiritual, preguntò:

Padre, ¿qué significa la fiesta de Pascua?

Pascua significa en hebreo «pasaje»; para los cristianos esta fiesta simboliza la resurrección de Cristo, que pasa de la existencia a la Vida habiendo vencido a la muerte por la Muerte.

Lo concibo, pero temo no entenderlo bien.

Antes de intentar comprender el insondable misterio de la resurrección, intentemos simplemente penetrar el significado de las palabras en su raíz: Pascua significa «pasaje». Pasaje de la existencia a la vida eterna por el crisol de la muerte. Resurrección significa «enderezarse». El hombre pasa de la horizontal de hombre rastrero, al estado vertical, es decir: de Hombre Nuevo. La Cruz es una llave de vida colocada en la cima del cráneo (Gólgota), es un instrumento de transfiguración que ordena el espacio-tiempo y que se abre, en su corazón, a la eternidad, al infinito. No es un patíbulo con un cadáver clavado.

Cristo significa «ungido de Dios», la unción confiere la dignidad. Es aquél que manifiesta al Padre celeste y realiza el Camino, la Verdad y la Vida.

La Luz es un Fuego vivificante que transmuta la materia opaca e inerte en poder espiritual. Este Fuego penetra, sin disolverse en él, el fuego de Gehena, el cual, por su parte, quema todo lo corruptible; nuestros pensamientos, nuestras emociones, son cuerpos.

Así pues, Pascua simboliza el pasaje de un estado viejo, corruptible, a un estado nuevo incorruptible, el del «cuerpo glorioso». El Hombre es reintegrado, por la Misericordia divina, a su dignidad primordial.

«Decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame. Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida por amor de mí, la salvará.» (Luc IX 23-24). ¡Si la muerte es un fin, entonces la vida es vana!

Usted sabe que la Pascua cristiana viene precedida de cuarenta días de ayuno riguroso, acompañados de lecturas apropiadas para el gran combate del desierto interior.

¡Si! Comprendo todo lo que usted dice, pero no veo cómo integrarlo en mi vida.

Porque escucha las palabras como un relato histórico y no como un acontecimiento intemporal que debería vivir cada día en su corazón.

¿Cómo?

Tomando conciencia de que vive, cada minuto, el pasaje vertiginoso hacia una nueva vida inspirada, surgida de una muerte transitoria, la expiración. Ponga, por ejemplo, en el aliento, la Presencia Divina. Hay una muerte que da a luz la Vida. La muerte del ego revela el Ser.

¿Significa la muerte del ego la negación del cuerpo? Pregunta Olivier con humor e inquietud.

¡Nada de eso! No hay que negar el cuerpo, sino transfigurarlo. «...que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires.» (Ef. VI 12).

«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (I Cor. III 16)

La renuncia es una superación interior por integración, un alegre soltar presa, no una negación. Este giro se cumple por implosión, pero lo que no está asumido no puede ser transfigurado.

El Padre Ianis calla, luego pone un ejemplo para evitar quedarse en el concepto.

Imaginemos una almendra que un campesino planta en invierno (encarnación de Navidad en el hemisferio norte); tras un cierto período de maduración en las profundidades se produce un acontecimiento increíble: la cáscara dura se desgarra, se pudre en la Tierra-madre para dar nacimiento al tierno germen. Para el jardinero, esta degradación es la señal del proceso de vida. Todo hombre, al venir al mundo, es portador de una chispa de luz divina. Yo soy la Tierra que lo acoge. La disolución del ego, que no es una negación, le permite al alma eclosionar. Aquél que se apoya en la degradación de su yo, cae en la revuelta, el sufrimiento, el sin sentido, la locura... Pero aquél que contempla, más allá de esta prueba, la evolución de su propio destino, entra en una alegría inefable. No le pedimos al ego que comprenda el misterio de la vida, sino que obedezca a su vocación: la de servir de matriz al Espíritu.

«Mientras nuestro hombre exterior se corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en día». II Cor. IV 16.

Incluso el intelecto está ligado a la materia. La sabiduría infinita de Dios está limitada por la razón. Sólo la inteligencia del Corazón presiente el misterio.

Cuarenta días después de Pascua, la Ascensión, la semilla debe vivir un nuevo pasaje, el de la tierra al cielo. Las raíces horadan la corteza terrestre para elevarse, mediante el tronco, al vacío, la pirámide invertida de las ramas acoge la luz del sol. Diez días después, cincuenta días después de Pascua, Pentecostés, fiesta de las cosechas y de la recolección de los judíos. El árbol da frutos, los apóstoles reciben la luz del Espíritu Santo.

¿Cómo vivir este «pasaje interior»?

¡Usted es el camino! Recorred el mundo a la búsqueda de un método para alcanzar la Verdad, pero no hay técnica para elevarse hacia Dios. El asceta utiliza la humildad, la obediencia y la paciencia para escalar sus propias profundidades hacia las profundidades divinas (I Cor. II 10) animado por la luz del Paráclito; al igual que no hay técnica para volverse un genio, aunque el artista utiliza técnicas para expresar su genio. El arte es ante todo una proyección del espíritu; el artista encarna su inspiración en la materia y la fecunda con su poder. Es el dominio interior, la pureza de la mirada, la precisión del gesto, la autenticidad del corazón... lo que distingue a los creadores de entre ellos. ¡Hagamos de nuestra vida nuestra primera creación!

Dado que no hay método, y que debemos hacer de nuestra vida una obra de arte ¿qué me aconseja usted?

Primero, distinguir la Meta de los medios.

¡La Meta suprema del hombre es Dios! Un Dios vivo, personal, no un ídolo abstracto.

¡El medio, es usted!

No hay nada exterior que añadir en el hombre, todo está ya inscrito en germen el él. La Tradición enseña, a aquellos que tienen fe, el camino interior a llevar a cabo para participar en la propia deificación. La Vía pasa por exigencias: vigilancia, perseverancia, obediencia, fidelidad, alegría, escucha... Utiliza métodos para verificar la autenticidad del discípulo, métodos que provocan replanteamientos transfigurantes. Comprometen siempre nuestra libertad: el ayuno, la vigilia, la ascesis, la plegaria, la alabanza.

¿Cómo hacer?

Un bailarín aprende el baile bailando, no meditando en los libros. El primer movimiento para entrar en la danza es interior, el del deseo. No se puede obligar a nadie a que dé su ser, el arte es un don de sí que corresponde al desbordamiento de la propia naturaleza, una expansión interior que se manifiesta armoniosamente en la obra. El arte no alivia al ego reproduciendo su propia imagen.

Tomando conciencia de sus límites respecto a su deseo, el bailarín le pide a un profesor que lo inicie en el rigor de la técnica, con el fin de integrar y de adquirir la maestría interior. Trabaja diariamente cada gesto descubriendo todas sus debilidades, busca a cada instante volverlo más ligero y poderoso en una armonía justa y purificada. No hay en esta aproximación interior ninguna violencia, ningún masoquismo, el sufrimiento se halla sublimado por el amor al arte. Con este ejemplo he intentado interpretar, en otro lenguaje, las cualidades que preceden a la cuaresma. El bailarín es un sirviente enamorado de su arte, le entrega todo su cuerpo con el fin de que la música, a través de él, se revele en toda su magnificencia. Se eclipsa para que resplandezca mejor la coreografía. Con su obediencia activa, es testimonio de un hálito mayor que su propia naturaleza. Se vuelve la encarnación viva, visible, de la música, que, sin él, permanece invisible.

La Tradición enseña el camino interior que hay que llevar a cabo de la cabeza al corazón, pero ella no dará ningún paso en su lugar. Estudiar la tradición al pie de la letra no significa tener conocimiento sino conocer la doctrina. Negar la teoría es absurdo, pues se rechaza la experiencia de los Padres que han llevado a cabo el camino hacia la deificación, encontrando las mismas pruebas y cuyos ejemplos nos sirven de guía. El camino se vive libremente en el Espíritu, en el maravillarse de lo cotidiano, en la escucha de los Antiguos y en la relación silenciosa con el Dios vivo en nosotros. La Pascua simboliza el renacimiento de todo lo creado en «cuerpo glorioso», de Hombre restaurado en su unidad ontológica, en su ser en Dios.

sábado, 4 de abril de 2009

La entrega

Para muchas personas, cuando hablamos de entregarse puede tener connotaciones negativas, implica derrota, fracasar en superar los retos de la vida, aletargarse, o algo así. La verdadera entrega, sin embargo, es algo completamente diferente. No significa soportar pasivamente cualquier situación en la cual se encuentre y no hacer nada al respecto. Tampoco significa dejar de hacer planes o de iniciar acciones positivas.
La entrega es la simple pero profunda sabiduría de ceder mas que oponerse al fluir de la vida. El único lugar donde podemos experimentar el fluir de la vida es en el presente, así que entregarse es aceptar el momento presente incondicionalmente y sin reservas . Es abandonar la resistencia interior a lo que es, por el juicio mental y la negatividad emocional. Se vuelve particularmente pronunciada cuando las cosas "van mal" lo que significa que hay una brecha entre las demandas o expectativas rígidas de nuestra mente y lo que es. Esa es la brecha del dolor. La aceptación de lo que es nos libera inmediatamente de la identificación con la mente y así nos vuelve a conectar con el Ser. La resistencia es la mente.
La entrega es un fenómeno puramente interior. No significa que en el exterior no podemos actuar y cambiar la situación. De hecho no es la situación total la que debemos aceptar cuando nos entregamos, solo el minúsculo segmento que es el momento presente.Por ejemplo, si estuviéramos atascados en el barro en algún sitio, no diríamos:"Bien, me resigno a quedarme en el barro".La resignación no es entrega. No tenemos que aceptar una situación vital indeseable o desagradable. Ni necesitamos engañarnos nosotros mismos y decir que no hay nada de malo en estar atascado en el barro. No , debemos reconocer completamente que queremos salir de ahí. Entonces, concentraremos nuestra atención en el momento presente sin etiquetarlo mentalmente de ninguna forma. Esto significa que no juzgamos el presente. Por lo tanto, no hay resistencia no hay negatividad emocional. Aceptamos el ser del momento. Entonces emprendemos la acción y hacemos todo lo que podemos para salir del barro. Tal acción es la acción positiva. Es mucho mas efectiva que la acción negativa, que surge de la ira, la desesperación o la frustración.

lunes, 23 de marzo de 2009

La Plegaria

Dios no responde a nuestras plegarias. Dios ES la respuesta a nuestras plegarias.
Si Dios respondiera a nuestras plegarias, Dios sería un verbo: actuar, involucrarse. Más bien, nosotros somos el verbo.
Necesitamos actuar para conectarnos con Dios y atraer la Luz del Creador a nuestras vidas. Seguimos esperando una respuesta de Dios, pero Dios no responde. Dios simplemente ES. Todo lo que necesitamos hacer es conectarnos con Él.
Entonces, ¿cómo nos conectamos con Dios?
Mediante la transformación. Cada vez que nos oponemos a nuestro ego –nuestra naturaleza egoísta que quiere reaccionar, engañar, gritar, molestar y abusar– conectamos nuestra alma a Dios. Sin embargo, cuando se nos provoca, cuando una persona irritante nos incita a enfadarnos, casi no hay forma de evitar una respuesta refleja.
Así que Dios produjo una idea, una manera de ayudarnos a salir de esa situación: nos dio una tecnología que llamamos plegaria.. Las palabras y las letras que componen un rezo vinculan nuestra alma, de forma literal, a dimensiones espirituales invisibles de las cuales invocamos protección espiritual que nos ayude a elevarnos por encima de nuestro ego, de nuestra naturaleza reactiva y de todos los rasgos desagradables, negativos, de nuestro carácter que evitan que nos conectemos con la Luz del Creador.. Utilízemosla a menudo para conectarnos con un sistema de ayuda más allá de nuestra vista. Y trabajemos para resistir nuestros impulsos egoístas. Cuanto más tiempo empleemos en ayudar a los demás, mejor será nuestra vida.

jueves, 19 de marzo de 2009

Creer y las Creencias

No se puede empezar el Buen Camino del Espíritu sin tener fe, sin creer.

Creer no es adherirse a determinadas creencias.

Todas las religiones tienen sus creencias y unas afirman lo que otras niegan.

En realidad creer una u otra cosa sobrenatural y desconocida es siempre buena cosa porque predispone a la fe, pero no es lo esencial de la fe.

Creer es otra cosa.

Creer es una disposición peculiar e íntima del alma sin la cual toda tentativa de orden sobrenatural es imposible.

Creer es un abrirse del ser a lo que todavía no sabe. Es una predisposición a aceptar lo irracional.

Se llama irracional todo lo que la mente no ha podido comprobar con sus medios ya que ella no puede tener todo el material de conocimiento universal a su disposición y si lo tuviera, le sería imposible utilizarlo totalmente.

Creer es esa disposición segura del alma dispuesta a aceptar, dispuesta a confesar su limitación, dispuesta a encontrarse con lo desconocido.

Creer es sentir la verdad de lo que no se conoce pero que está en el alma, que se manifiesta sin ser conocido.

Creer es en una palabra, poseer la raíz de la fe que es seguridad sobrenatural en sí.

Las creencias creen en esto o en aquello, reconocen hechos sobrenaturales desconocidos y los afirman, predican y exponen al conocimiento de los fieles, dictan dogmas y doctrinas en donde la fe, por ellos, paulatinamente va penetrando al campo espiritual superior.

Pero la fe verdadera es un todo, es luz del alma, es seguridad de que todo lo imposible puede ser posible, es un vuelo sobre la razón para asentarse en la intuición, ese divino don de la mente que la pone en directo contacto con el Espíritu y que abre el campo a posibilidades infinitas.

La fe verdadera es tanta luz y da tal seguridad en sí, que hace posible al alma exclamar ante los prodigios y las más estupendas revelaciones “No necesito ver lo que ya conozco por la fe”.

Sólo los que creen sin ver, según las palabras de Cristo poseen la fe, porque están de antemano seguros de la verdad de su creer.